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lunes, 13 de abril de 2015

EL GUSANO. Capítulo 9: Una vieja deuda


Carlos, postrado, escucha. El hombre habla con acento español y con aliento alcohólico. Nunca dice su nombre. Sólo se limita a contar una historia: la suya. Le habla de su mujer y de sus tres hijos, de cómo los dejó abandonados allá, en el norte, librados a la suerte de Dios. De cómo se quedó con algo que no le pertenecía, y después regaló un montón de mercadería invaluable a un grupo de insignificantes criminales de Mar del Plata. 

—Más allá del dinero, chaval, me has metido en un lío de la hostia —dice el hombre, inexpresivo—. Hasta yo me vi obligado a dar algunas explicaciones... Y todo por tu culpa. 

Ahora el hombre sonríe. 

—Pero bueno, tú sabes, y si no te imaginarás, cómo son los negocios. De alguna manera he tenido que cobrarme la deuda... ¡Y aquí estás, coño! 

Carlos trata de decir algo, pero apenas realiza una mueca con su boca. 

—Tranquilo, chaval, que estás bajo el efecto de no sé cuántas sustancias, no te estreses —Lanza una risa áspera—. Seguramente te preguntarás cómo te encontramos. En realidad, mis hombres nunca dejaron de buscarte. Pero no ha sido hasta ahora, gracias a unos simpáticos aparatillos que tengo sueltos por la ciudad, que hemos podido localizarte. Un robot escaneó tu rostro y nos reveló tu auténtica identidad. De lo que es capaz la tecnología, ¿no? Y da gusto ver cómo las inversiones que uno realiza dan buenos resultados... No como tú, claro, que fuiste una pésima elección. 

Otra vez Carlos gesticula, se esfuerza por decir algo; un sonido gutural es lo único que consigue, entrecortado. 

—Sin embargo, todo llega. Una de mis mejores cualidades es la paciencia, ¿sabes? 

El hombre mira a su alrededor. 

—Tú no puedes verlo, pero en estos momentos estás conectado a un montón de tubos que inyectan en tu metabolismo todo tipo de sustancias. No es la primera vez que hacemos esto, pero sí la primera ocasión en la que el sujeto experimental no se nos muere. ¿Puedes creerlo? —De nuevo la risa—. En cierto sentido, eres un tío con suerte. Aunque, para serte franco, todavía una parte de mí desea verte morir. 

El hombre se calla y Carlos sabe que no miente. Pero algo en su interior le dice que lo mejor que podría pasarle ahora sería estar bien muerto, sin cables, ni sustancias, ni el parloteo incesante de ese gallego mafioso. 

—Pero, ante todo, soy un hombre de negocios... Y tengo para ti una proposición que no podrás rechazar.

Continuará...

martes, 10 de febrero de 2015

EL GUSANO. Capítulo 8: Sujeto experimental Nº 15

Al capítulo 7

Abre los ojos y apenas una delgada línea de luz blanca permanece durante dos o tres segundos. Luego, de nuevo, la oscuridad.

***


Misteriosas desapariciones de vagabundos

Algunas ONG y representantes de diferentes cultos religiosos han denunciado la desaparición de una gran cantidad de personas que viven en la calle. Romina Gutiérrez, integrante de un grupo de voluntarios de varias parroquias marplatenses que reparte comida y abrigo a personas sin hogar, explicó que el hecho se produjo durante el último mes: “Todas las noches faltaba alguien. No es raro que esto suceda, porque son personas expuestas a diferentes peligros, o incluso porque están en constante movimiento, o porque han conseguido un techo. Lo extraño es que cada noche de las últimas que salimos a repartir las viandas, alguna de estas personas sin hogar no estaba. Hasta ahora hemos registrado la desaparición de catorce”. Cirrosis hepática tuvo acceso a fuentes que aseguran que la fiscalía está tras la pista de un grupo de neonazis, quienes pudieran ser lo responsables de las misteriosas desapariciones. 

(Fragmento de Cirrosis hepática, matutino de la ciudad)

***


Escucha un murmullo de voces. Levantar los párpados le demanda un esfuerzo enorme. Sin embargo lo hace; parece ser la única parte de su cuerpo que puede mover. El cuadro, al principio borroso, va aclarándose: dos figuras, un hombre y una mujer, de guardapolvo blanco, discuten. La mujer se da cuenta de que se ha despertado. Dice algo que no entiende y luego desaparece de su campo visual. El hombre lo mira, parece preocupado, y le entrega una sonrisa triste. Otra vez todo se nubla. Otra vez oscuridad.

***


Sujeto experimental 1: muerto.
Sujeto experimental 2: muerto.
Sujeto experimental 3: muerto.
Sujeto experimental 4: muerto.
Sujeto experimental 5: muerto.
Sujeto experimental 6: muerto.
Sujeto experimental 7: muerto.
Sujeto experimental 8: muerto.
Sujeto experimental 9: muerto.
Sujeto experimental 10: muerto.
Sujeto experimental 11: muerto.
Sujeto experimental 12: muerto.
Sujeto experimental 13: muerto.
Sujeto experimental 14: muerto.
Sujeto experimental 15: ?

***


Ahora alguien lo llama, dice su nombre y lo zamarrea de un hombro. La voz tiene un acento extraño, y cada vez habla más fuerte, casi grita. Entonces abre los ojos y se encuentra frente a un rostro desconocido, con arrugas, cejas pobladas y una barba candado muy bien cuidada. El rostro desciende, sonriente, se acerca hasta a él y pronuncia unas pocas palabras. 

—Carlos, al fin has despertado.   

El hombre ríe y a Carlos le llega un vaho de alcohol que le revuelve el estómago. El hombre toca su frente con el dedo índice, y le dice en un susurro: 

—Tenía muchas ganas de conocerte, chaval. Creo que ya te has recuperado bastante, así que será mejor que me presente y te cuente por que estás aquí.


Continuará...

sábado, 10 de enero de 2015

EL GUSANO. Capítulo 7: El mendigo


La noche está calurosa, muy pesada. Parecía que en cualquier momento se largaba una lluvia torrencial, pero no. Por ese temor Carlos acudió a su refugio, el porche de un chalet céntrico que ahora funciona como estudio contable, más temprano que de costumbre. Apenas serían las diez de la noche cuando desenrolló las dos frazadas que siempre lleva consigo, y se recostó sobre ellas usando la mochila mugrosa como almohada.

Las reglas son bastante simples. La doctora le permite pasar allí la noche, siempre y cuando no llegue antes de las 22 y se marche a las 6. Y todo debe quedar tal y como lo encontró la noche anterior. Él sabe muy bien que desde las 20, a lo sumo 20.30, ya no queda nadie en el estudio, pero prefiere respetar la decisión de la doctora que le brinda hospitalidad, por así decirlo. Además, alguna vez ella lo ha visitado, sobre todo los fines de semana, muy probablemente antes o después de algún paseo, alguna cena, y nunca aparece con la manos vacías: dos porciones de pizza, una cajita feliz, un alfajor... Muy solidaria la doctora, aunque él sabe que en realidad lo controla. Una noche ventosa de invierno, después de un día peor que otros (no había comido, ni había conseguido un peso) se animó a llegar al estudio. Pero en la esquina, antes de cruzar la calle, vio el auto de la doctora que pasaba muy despacio por la puerta. Él retrocedió inmediatamente, y no pudo saber si ella miraba hacia el porche o, incluso, y aunque parecía poco probable, si lo había visto. Desde entonces, por más que el cielo se caiga a pedazos, Carlos respeta el acuerdo.

Ahora piensa, recuerda, el hambre y el calor no lo dejan dormir. Repite los nombres de sus tres hijos (dos nenas y un varón) y el de su mujer. Cómo estarán, se pregunta. Hasta hace dos años, él cruzaba la droga desde Bolivia y nada más, a eso se limitaba su parte en el negocio. No había otra cosa para ganarse el pan, al menos no para darle a una familia una vida digna. Tres hijos en tres años, eso lo había sobrepasado, sin dudas, y las changuitas de albañil no daban para tanto. Un amigo lo convenció de ir a Las Chalanas; viajarían juntos y conocería el trabajo. Cuando regresaron a Aguas blancas, no podía creer que fuera tan sencillo el tráfico. Entonces empezó, poco a poco. Se fue ganando la confianza de los jefes y cada vez cruzaba la frontera con más frecuencia. Su señora no preguntaba, no decía nada; no era necesario mientras ellos estuvieran bien. Pero un día uno de los jefes le reclamó un paquete que faltaba, le habían dicho que él lo había vendido por su cuenta. Una mentira: alguien lo usó como chivo expiatorio. La única condición para salvar su vida y la de los suyos era viajar hasta Mar del Plata llevando varios paquetes, y no volver a pisar Aguas blancas. No tuvo alternativa y esa a noche viajó, con unos pocos pesos encima, el resto se lo dejó a su mujer, a quien le prometió que cuando encontrara un lugar seguro, la llamaría para que volvieran a estar juntos.

Acá las cosas se complicaron mucho. Llegó al lugar de la entrega, una casucha en un barrio de casuchas, y golpeó la puerta. Un tipo lo hizo pasar. Cuando cruzó el umbral vio dos cadáveres en el piso. Antes que pudiera preguntar nada otro tipo lo apuntaba con una pistola. Lo revisaron. Le sacaron los paquetes con la droga, el celular, la billetera, los documentos. Varias veces le preguntaron quién era. Entendió enseguida que había tenido la mala suerte de llegar en el momento menos indicado, no lo estaban esperando a él. El más joven de los dos no paraba de reír como un loco mientras agarraba los paquetes y decía algo sobre la guita que eso representaba. Estaba claro que iban a matarlo. Entonces alguien golpeó la puerta, tal como él había hechos minutos antes. El más joven caminó unos pasos y antes de poner la mano sobre el picaporte, una lluvia de balas atravesó la madera y también su cuerpo. El tipo más grande se desentendió de Carlos y huyó por una ventana. Él hizo lo mismo, sin dudarlo un solo segundo, mientras los disparos seguían, sin tocarlo. Escapó por el patio de atrás, y de pronto se encontró en una ciudad desconocida, sin ningún contacto, sin un peso, sin teléfono y, seguramente, buscado por quién sabe quién.

De ese día de mierda a esta noche calurosa, no hay mucho que explicar. Prefiere quedarse en la calle, que es el mejor escondite. Nadie sabe quién es, nadie sabe qué hace, nadie puede encontrarlo. Sólo queda una angustiante incertidumbre: cómo estarán sus tres hijos y su mujer. ¿Vivos? ¿Muertos? Que estén bien o que estén mal, es solo un detalle.

Parece que va a llover, nomás, se ha instalado ese silencio previo a cualquier tormenta. 

Ahora un auto se detiene enfrente. Carlos piensa en la doctora, quizás con algo para calmar esta hambre. Se incorpora a medias. Una figura se baja del vehículo, da uno pasos y se queda en medio de la vereda. No es la doctora. No es una mujer. Es un hombre. 

–¿Carlos? –pregunta. 

Él no puede hablar, quiere decir algo, articular algún sonido, pero ni siquiera logra despegar los labios ni moverse de allí. Me encontraron, los hijo de puta me encontraron, es lo único que piensa. 

–Carlos –sentencia el hombre. 

Entonces éste levanta su brazo derecho, y Carlos ve que la mano sostiene algo, algo que parece un arma. Escucha un chasquido, un zumbido, siente una perforación en el pecho, y se desploma sobre las frazadas.

sábado, 3 de enero de 2015

EL GUSANO. Capítulo 6: La misma cosa

Al capítulo 5

Ya no soy el mismo. 

Sé que me llaman el Gusano. 

Desde aquella noche –la noche del rayo, la noche que Lucía me dejó, la noche que la encontré... con Matías– mi cuerpo se fue transformando, y también mi mente. Estoy más alto, más pesado, pero me siento ágil como nunca. Cada músculo tiene una fuerza que no puedo explicar. Mi piel cambió; es naranja ahora, y poco a poco se fue cubriendo de escamas. Donde tendrían que estar mis ojos hay dos enormes círculos negros y mi visión aumentó, también de forma increíble. Y sobre mi cabeza dos antenas, que todo el tiempo me bombardean con información. Puedo escuchar los susurros de los habitantes de aquellos edificios, a los animales que habitan bajo el agua, y la radio, la televisión, conversaciones telefónicas, a la policía... Me cuesta mucho focalizarme, un esfuerzo doloroso. Mi boca no sirve para otra cosa que para comer o emitir esos aullidos escalofriantes. No puedo articular una sola sílaba. 

Al principio busqué matarme. Lo intenté tantas veces, de tantas formas distintas, que muchas ya no las recuerdo. Parece que soy indestructible. Sé que en la ciudad muchos me temen, y también sé que otros no, al contrario... En mi último intento de suicidio embestí un pesquero y casi mato a su tripulación; terminé acarreando el barco hasta la costa. Por episodios confusos como ese algunos ven en mí un héroe. Pero se equivocan, yo no estoy al servicio de nadie, ni si quiera deseo mi propia vida.

Yo estaba bien, hasta aquella noche. Nunca esperé la traición. Matías fue mi amigo durante muchos años, más de una vez me dio una mano cuando la necesité. Alguna vez sospeché que envidaba mi vida, algo de ella, a Lucía tal vez, pero creí que se trataba de la envidia razonable de alguien que nunca pudo formar vínculos fuertes, duraderos... Creí que nuestra amistad era algo fuerte y duradero.

Y Lucía...

Ella no era así, me cuesta creer que lo sea. Su cambio fue muy brusco. Anoche la vi. Me encontraba acá, al borde de la escollera, aprovechando la playa desierta, la misma que visitábamos siempre. Yo estaba hundido en pensamientos muy parecidos a estos. Vi que cruzaba la calle. El ruido del mundo cesó de golpe. Y a pesar de la bronca, del dolor, busqué pronunciar su nombre. No pude. Se me ocurrió escribirlo en la arena. Lo hice rápido y luego me sumergí, usé el mar como el escondite desde donde observarla. Noté sus ojos, los ojos que tan bien conozco, tristísimos. Tuve que contener las ganas de correr y abrazarla. No por mí, sino por ella, para no espantarla con mi figura monstruosa. Sin embargo mi cuerpo me traicionó, y cuando reaccioné, el agua me llegaba solo hasta los tobillos: había avanzado sin darme cuenta.

Antes de que pudiera volver a mi escondite me vio y, lo sorprendente, fue que pronunció mi nombre. No como me llaman ahora, sino el viejo, el que usaba hasta hace unos meses: Santiago. El sonido de su voz se clavó como un cuchillo en mi pecho; a pesar de eso regresé al mar en un par de saltos. Ella se quedó esperando alguna respuesta que jamás llegó.

Luego la vi darse vuelta. Leí la sorpresa en su cuerpo cuando leyó su nombre escrito en la arena. Observé cómo caía de rodillas y comenzaba a llorar. El esfuerzo que tuve que hacer para contenerme fue esta vez mucho más grande.

Ahora no dejo de pensar en que anoche descubrí dos cosas. Algo pasó desde que la vi con Matías: se arrepintió o... ¿Es muy descabellado creer que pudo haberla forzado de alguna manera a acostarse con él? Si algo aprendí en todo este tiempo, es que todo es posible.

Pero de lo que no caben dudas es que ella sospecha –sabe– que el Gusano y Santiago somos la misma persona, la misma cosa.

martes, 25 de noviembre de 2014

EL GUSANO. Capítulo 5: La novia y el amigo


Tuve que salir corriendo,
comprendiendo que
él es tu chico y yo soy
el que viene detrás de él.
El otro, Expulsados

Detrás del vidrio los autos pasan, frenan, tocan bocina, aceleran. A esta hora Rivadavia e Independencia se parece bastante a cualquier esquina de cualquier gran ciudad. Pero Mar del Plata no es una gran ciudad, piensa Lucía, ni nunca lo será.

Pidió un cortado, que ahora se está enfriando; no tiene hambre ni sed. Posa sus ojos en el televisor del bar, sintonizado en el canal local, donde repiten una entrevista realizada a Edil Berto días atrás. La han estado repitiendo casi constantemente, pero las coincidencias no existen; todo es por algo. Fue aquella noche, mientras miraba la tele, que planeó este encuentro. Desde entonces, ve todo con claridad, aunque no puede evitar sentirse nerviosa.

La puerta del bar se abre y ve entrar a Matías, que recorre con la mirada cada mesa. Lucía levanta la mano y entonces él la visualiza y sonríe, mientras avanza.

—Hola, hermosa —dice Matías y se inclina hacia ella. Lucía apenas gira la cara para que la mejilla reciba el beso, y no sus labios—. ¿Todo bien? —pregunta, descolocado.

—Hola, Matías —se limita a responder—. Sentate, por favor.

Él obedece. La camarera se acerca, le pregunta qué va a tomar.

—Un whisky. Dos medidas del mejor —contesta, cortante.

Lucía piensa que Matías cada vez se parece más a su padre y un escalofrío le recorre la espalda.

—¿Tenés frío? —pregunta él.

—No, para nada.

—Estás misteriosa, chiquita. ¿Me podés decir qué te pasa?

Otra vez, la mirada perdida en los autos que pasan, aceleran, frenan. Ella tiene que parar, de una vez, con todo esto. E irse, muy lejos. A otra ciudad, a una ciudad de verdad. Matías repite la pregunta. Lucía toma un sorbo del café frío, solo para aclararse la garganta.

—Lo nuestro se terminó. Eso es lo que me pasa.

—¿¡Qué decís!? —grita el otro.

Se hace un silencio breve e incómodo en todo el lugar. Justo llega la camarera con el whisky. Mientras verte la bebida, Lucía siente la mirada del joven intentando perforarla. La camarera se va.

—¿Te volviste loca?

—No. ¿Por qué tengo que estar con vos? Sabés que no te amo. Y Santiago…

—Vos y yo sabemos lo que pasó con Santiago. Si aparece, te juro que…

—¿Qué? —ahora es ella la que silencia el bar.

—Bajá la voz, pelotuda —dice entre dientes, y luego toma un trago largo.

—¿Qué vas a hacer? ¿Vas a despedir a Santiago, como me amenazaste, para que lo deje y me acueste con vos? ¿Lo vas a matar? Eso también lo dijiste. ¿O me vas a matar a mí?

Matías golpea la mesa con el vaso, vacío.

—Yo nunca te tocaría un pelo, Lucía.

—¿Y entonces?

Lo tiene, sabe que lo tiene. Él, sin embargo, realiza su jugada, la única que le queda.

—Vos sabés que Santiago no se murió, ni tampoco desapareció. Aquella noche, eso que vimos, eso que salió corriendo después de vernos ahí, cogiendo —arrastra, a propósito, la g; un gusto amargo sube hasta la boca de Lucía—, eso era él… (1)

—Eso esa una tremenda pelotudez.

—No es eso lo que crees. Te conozco —sonríe. Después, inclina su cuerpo hacia delante, y susurra—: Pero pensá lo que quieras, chiquita. Yo no voy a parar hasta encontrarlo. Y cuando lo haga, voy a dejar su cuerpo sin vida en la puerta de tu casa, para que puedan estar juntos otra vez.

Ella se pone pie. De su cartera saca un billete de veinte pesos y lo deja debajo de la taza, aún llena.
Antes de marcharse lanza la frase que durante meses ha tenido atragantada:

—Borracho y loco: sos igual a tu papá, galleguito.

Matías la agarra del brazo y la mira con odio, por un segundo. La camarera se acerca y pregunta, con los ojos bien abiertos y la voz entrecortada, si está todo bien. Él toma el billete que dejó Lucía y se lo pone en la mano, recién entonces la suelta.

—Todo perfecto —explica, con una sonrisa—, pasa que mi amiga no quiere que le invité el café.

Lucía hace un bollo el papel y lo arroja, con bronca, al piso. No dice nada. Se da media vuelta y con pasos largos y decididos abandona el bar. Matías recoge el billete, lo coloca sobre la mesa y lo alisa con las manos.

—Otro whisky, igual —le pide a la camarera, que se ha quedado observándolo.

***

Ya casi oscurece por completo. En la costa hace frío, a pesar de que no falta mucho para el verano. Lucía camina, con los zapatos en la mano; sólo un perro, a lo lejos, le hace compañía. Preferiría no creer en las palabras de Matías, pero ella también sospecha que el Gusano es Santiago. No sabe por qué, pero las coincidencias no existen. Santiago desapareció esa noche, la misma noche que el monstruo irrumpió en su departamento, la misma noche que rompió el corazón de su novio para protegerlo, nada más ni nada menos que de su amigo. ¿Podrá todavía hacerle daño?

Algo interrumpe su reflexión. En el extremo de la playa se levanta una figura oscura. Parece un hombre, muy grande. Sin embargo, hay algo extraño en la cabeza de esa figura, dos varas, como cuernos, surgen de ella, o quizás sea solo una ilusión óptica… Está de noche, prácticamente, y las luminarias de la costa no ayudan demasiado. Lucía da uno, dos, varios pasos en esa dirección. Se pregunta si no será…

—¿Santiago? —dice, apenas, en un suspiro.

Pero eso basta: la figura da dos saltos enormes y desaparece en el mar. Ahora Lucía corre hasta el borde, deja que el agua le bese los pies descalzos.

—¡Santiago! —grita, segura.

Permanece varios minutos, mirando lo poco que puede ver, esperando. Como única respuesta, el rugido del mar. Al fin, cuando se da vuelta para marcharse, descubre lo que antes, en su desesperación, había pasado por alto. Bien grande, escrito en la arena, lee:

LUCÍA

Las pisadas de unos pies enormes parten de la inscripción y desaparecen en el agua.

Lucía cae de rodillas en la arena, y se echa a llorar. Alguien, a varios metros de allí, en lo profundo del océano, la escucha y la acompaña en su llanto.

martes, 4 de noviembre de 2014

EL GUSANO. Capítulo 4: El empresario y el intendente

 
El Gallego tiene un vaso de whisky importado en su mano. Ya no recuerda la última vez que desayunó un café con leche o un simple té. Mira a través del inmenso ventanal del piso más alto de la ciudad. Contempla el mar, mientras amanece. Piensa en el color tornasolado que ha adquirido el agua en el último tiempo, y en los manchones verdes fosforescentes que a veces pueden vislumbrarse. No está seguro cuánto tiempo más logrará que nadie hable de eso, pero ahora tiene problemas más urgentes que atender.

Suena su intercomunicador.

—¿Sí?

 —Señor, el intendente Culti ya está aquí.
 
 —Que pase.

 Bebe de un sorbo lo que queda de whisky y camina hasta la barra. Está terminando de llenar un segundo vaso cuando la puerta se abre. Ve a entrar a Culti, sacudiendo un ejemplar de Cirrosis Hepática y avanzando a trancos largos.

—¡No tengo un puto día de paz en esta ciudad de mierda! —dice el intendente.

—¿Quieres beber algo? —invita el Gallego.

—Sabés que no tomo tan temprano —Le alcanza el diario—. ¿Podés creerlo?

El empresario lee los titulares. “El Gusano salva a los tripulantes de un pesquero”, dice uno; “Disminuye el apoyo a la policía local de drones”, dice otro.

—¿Te das cuenta? —sigue Culti, mientras camina por la oficina—. Ese bicho del orto ahora es una especie de superhéroe que salva gente. ¡Casi no se registran delitos en las playas desde que apareció! Así, ¿cómo alguien va a querer que tus putos drones patrullen la ciudad? ¿Eh?
 
—Sabes que siempre estoy un paso adelante —contesta el Gallego, sonriendo. Luego toma un trago.
 
Culti se sienta en un sillón. Luce extremadamente ojeroso.
 
—¿Qué? —interroga.
 
—Tú sabes de toda la basura que tiran mis fábricas al mar.
 
—Ni que lo digas.
 
—Pero mis laboratorios también tienen sus desechos. Quizá no estés tan al tanto de eso.
 
—¿Qué tipos de desechos?
 
El gallego se sienta en el sillón, también, y se cruza de piernas.
 
—Químicos —responde—, muy peligrosos.
 
—Eso no tiene nada de raro.
 
—Verdad. Pero, y he aquí el quid de la cuestión, es que me temo que ese Gusano…¿Así lo llaman ahora estos gilipollas? —se interrumpe, señalando al diario.
 
—Eso parece.
 
—En fin, me temo que ese Gusano pueda ser producto de esos desechos.
 
—¿Una mutación?
 
El Gallego presiona levemente con su índice la frente del intendente, que no se sorprende por el gesto.
 
—¡Muy bien!
 
—¿Y cómo carajo?
 
—De eso, ni idea, ya lo averiguaremos. Sin embargo, mientras tanto, pienso que podemos usar esta herramienta a nuestro favor. Un poco de caos para que los marplatenses clamen por el orden…
 
—Los drones...
 
El Gallego sonríe.
 
—Hoy estás iluminado, chaval.
 
—Gracias —Culti se sonroja un poco—. ¿Pero cómo vamos a hacerlo? Eso no lo entiendo.
 
—Tranquilo, yo me encargaré de los detalles —dice, y luego termina el segundo vaso de whisky—. Lo que sí, saca a tu familia y amigos de la ciudad, si quieres, por unos días. Es probable que las cosas se pongan bastante, bastante feas.
 
Luego de decir esto se pone de pie; es momento de un tercer vaso.
 

sábado, 1 de noviembre de 2014

EL GUSANO. Capítulo 3: El monstruo, la policía municipal, los turistas


Hoy me siento un poco mal,
sigue la programación:
la calle está más peligrosa que antes.
Vas a elaborar tus propias ideas
pero con las opiniones ajenas,
esta dulce relación puede narcotizarte.
 
Relaciones peligrosas, Cadena Perpetua.

En la pantalla del televisor se ve a la conductora de un noticiero local. La imagen en alta definición exhibe la mala calidad del decorado, como también el exceso de maquillaje de la mujer y del invitado, Edil Berto, concejal oficialista de la Municipalidad de General Pueyrredón. Ella pregunta y él contesta. Hablan del Monstruo de la Costa. Por la forma en que se refieren a él se comprende que dan por sentado su existencia. Atrás han quedado las especulaciones sobre alucinaciones, individuales o colectivas.

—¿Son ciertas las versiones que sostienen que el monstruo podría tratarse de una mutación producto de la contaminación costera?
 
Edil, siempre sonriente, responde:

—Para nada, señorita. Nunca han estado más limpias las playas de Mar del Plata.

—Sin embargo, algunos científicos hablan de una superpoblación de gusanos marinos, llamados —y acá lee, como puede— bo… bo… boccardia, que serían producto de dicha contaminación.
 
El concejal se ríe, con aparente naturalidad, como si lo sorprendiera lo que acaba de escuchar. En un estudiado intercambio de roles, es él quien pregunta:

—¿Usted cree que el monstruo es una especie de gusano gigante, señorita?

Ahora la mujer ríe. La carcajada satura el micrófono.

—No, por supuesto que no. Eso sería descabellado.

—Un disparate.

—La población no sabe cómo reaccionar. Algunos creen que el monstruo es un peligro; otros, en cambio, lo ven cómo un héroe. En definitiva, casi no hay información. ¿Qué acciones se están llevando a cabo desde el gobierno municipal? ¿Qué piensa de todo esto el intendente?

Edil se acomoda en su asiento y borra la sonrisa de su cara, se nota que va a decir algo serio.

—El intendente Culti —comienza— ha dado prioridad al Monstruo de la Costa. Está muy interesado en poder entablar alguna especie de diálogo con la criatura, si tal cosa es posible. Evitamos dar muchos detalles para no arruinar la operación, pero desde diferentes áreas de la municipalidad, y con la ayuda del gobierno provincial, estamos desarrollando estrategias que nos permitirán localizarlo. Pronto los marplatenses conocerán qué es este monstruo y lo que busca en nuestras playas.

Termina con una sonrisa. La periodista lo imita.

—Otro tema que preocupa a la población, es la inseguridad, señor Berto.

—Es verdad. Y estamos trabajando en eso.
 
—Los sondeos de algunas consultoras ligadas a la oposición, indican que la ciudadanía no estaría de acuerdo con el aumento impositivo para financiar la creación de la Policía Drónica Municipal. ¿La PDM es la única respuesta que puede dar el gobierno de Culti a la inseguridad?
 
—No es la única respuesta, señorita, pero sí la mejor. Los drones policías han mostrado ser muy eficientes combatiendo el delito en distintas ciudades del mundo.
 
—Han reducido a casi cero la tasa de homicidios en México DF —otorga la periodista.
 
—Y ese es sólo el caso más resonante —sentencia Edil—. Mar del Plata podría convertirse en la primera ciudad argentina en contar con esta tecnología de punta.
 
La mujer revisa sus papeles mientras el concejal pronuncia la última frase. Frunce el ceño, parece que va a preguntar algo realmente importante.
 
—Cambiando de tema, señor Berto. ¿Es cierto que el verano próximo se espera que arriben a la ciudad tres millones cuatrocientos setenta y ocho mil novecientos dos turistas?
 
—Tres, señorita —corrige Edil—, tres millones cuatrocientos setenta y ocho mil novecientos tres.
 

sábado, 25 de octubre de 2014

EL GUSANO. Capítulo 2: Buscando un final

Al capítulo 1
 
Equivocándome al pensar,
que en una cuerda iba a encontrar,
alguna explicación.
 
El cantor, Mal de Parkinson.
 
MONSTRUO EN MAR DE PLATA

Durante las últimas semanas se han registrado muchas denuncias sobre el avistamiento de un monstruo en las costas de la ciudad. Si bien la policía rechaza la versión del monstruo, y sostiene que debe tratarse de algún vagabundo, llama la atención la coincidencia de la mayoría de los testimonios en la descripción del extraño ser: parece un hombre de gran contextura, con cuernos en la cabeza y la piel escamosa y, aportan otros, anaranjada. Casi siempre se lo ha visto en la playa ingresando al mar, huyendo de las personas. Algunos vecinos dicen haber entablado una conversación extensa con el sujeto, que al parecer ha llegado hasta nosotros desde los confines de la realidad para anunciar el fin de los tiempos. Desde la redacción de este medio nos preguntamos: ¿Quién o qué es esta abominación que intranquiliza a nuestros nobles ciudadanos?, ¿comenzará el tan anunciado Apocalipsis en Mar del Plata?, ¿y cómo afectará esto al turismo?

(Fragmento de Cirrosis Hepática, matutino de la ciudad)
 
***
 
La noche. El puerto. Un galpón abandonado. Una viga y una soga. Un cuerpo parado sobre una silla a punto de quebrarse. Un pie avanzando hacia la nada; el otro pie, también. La soga presionando el cuello. El cuerpo que pende una milésima de segundo. La soga cortándose. El cuerpo estrellándose contra el piso. Una puteada muy audible, apenas inteligible.
 
***
 
ILUSIÓN DE MUCHOS
 
Ante el aumento de testimonios de marplatenses que sostienen haber visualizado en la playas de la ciudad un ser de aspecto monstruoso, un grupo de psicólogos y sociólogos de la Universidad Nacional de Mar del Plata, han realizado un estudio intitulado “Hacia una sintomática de la pelotudez marplatense: análisis de una ilusión colectiva”, donde sostienen, a grandes rasgos, que los marplatenses somos todos unos forros que nos creemos cualquier gilada, y que lo del Monstruo de la Costa no se trata más que de una histeria colectiva. Por su parte y en la misma sintonía, el intendente Culti declaró: “En Mar del Plata —ciudad en la que juro y recontra juro que nací, tengo documentos— la gente está tan bien, tan tranquila, tan llena, en fin, tan feliz, que le da por inventar boludeces”. Como pocas veces, el poder político y la academia, parecen estar de acuerdo.
 
(Extracto del portal de noticias www.+549223.com.ar)
 
*** 
 
La misma viga, del mismo galpón, del mismo puerto, de la misma noche. Una cadena de eslabones gruesos, en vez de la soga. El cuerpo parado sobre la silla a punto de quebrarse. Ambos pies avanzando hacia la nada. La cadena presionando el cuello. El cuerpo que pende: uno, dos, tres segundos. La viga quebrándose. Un estruendo astillando el silencio. El galpón viniéndose abajo. Una nube de polvo, bajo la luz de la luna. Una mano emergiendo entre los escombros; tras ella, todo un cuerpo. Y una puteada muy audible, apenas inteligible.
 
***
 

¿NACE UN HÉROE, ES DECIR, ALGUIEN ILUSTRE O FAMOSO POR SUS HAZAÑAS Y VIRTUDES?

Esta madrugada, una pareja de jóvenes incautos que se había apropincuado a la playa Las delicias con el objeto de mantener relaciones sexuales premaritales y de contemplar juntos cómo Febo emergía del mar trayendo junto a sí el Alba de rosados dedos, fue sorprendida por un caco que a punta de pistola quiso hacerse de las pertenencias de los susodichos jóvenes, violando con ello el artículo 14 de la Constitución Nacional. El malviviente hubiésese salido con la suya si no fuera porque en ese momento emergió desde las aguas negras y poco higiénicas de la zona un ser de enormes proporciones y ojos negros como la noche —según declaró la pareja de promiscuos— que arrebató el arma de entre las manos del delincuente para luego desaparecer por donde había venido. El malhechor se dio a la fuga ni bien quedó desarmado, aunque horas más tarde fue apresado en una playa lindera por efectivos policiales que se encontraban allí jugando al tejo. El ladrón permanece en estado de shock y no ha pronunciado una sola palabra. La dupla de lascivos, agradecida.

(Recorte del vespertino La calesita)
 
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Otra noche. Está sentado sobre una roca de la escollera, mirando hacia el mar. La pistola, cargada. Apoya el caño en la sien, cierra los ojos, dispara. Queda un poco aturdido por la explosión, pero su cabeza sigue intacta. Mete el caño en la boca, cierra los ojos, dispara. Siente el estallido en su interior. La bala rebota en el paladar, en la lengua, en las paredes internas de sus mejillas. Nada más, sigue vivo. Escupe algo en su mano. Piensa, esperanzado, en un diente; pero no, es la bala, lo que queda de ella. “Habrá que buscar otra forma de morir”, piensa, y lanza un grito ronco y profundo, que estremece a todos los animales bajo el agua. Es su forma de llorar, en este cuerpo nuevo.
 

lunes, 22 de septiembre de 2014

EL GUSANO. Capítulo 1: El origen

Acá las olas del mar te pueden matar,
esto es extremo de verdad.
Escatológicamente no hay nada mejor.
En el soretero, la vida es color marrón.
 
 
Estamos viendo paulatinamente un incremento de contaminación en las aguas costeras. A partir de 2008 hubo un acontecimiento que nos llamó fuertemente la atención que fue la aparición de unos gusanos marinos en la zona costera en densidades enormes.
 
Eduardo Vallarino, investigador del Departamento de Ciencias Marinas

Esto pasó mucho tiempo atrás, en aquellas épocas donde las playas de Mar del Plata aún no estaban clausuradas y la ciudad recibía millones de turistas en verano, y todavía algunos optimistas la llamaban la ciudad feliz. Santiago tenía 27 años, era ingeniero, y trabajaba en una fábrica de harina de pescado, como Jefe de Turno de Producción. Había conseguido el trabajo gracias a Matías, su amigo incondicional durante años, que era hijo de Andrés Fernández Fernández, alias El Gallego, magnate de la ciudad costera y que, entre sus múltiples inversiones (como hoteles, medios de comunicación, entre otras menos transparentes) poseía algunas de estas fábricas.
 
Cierta noche de verano, al salir del trabajo tomó su bicicleta y se dirigió, como casi todas, al departamento de Lucía. Ni bien la saludó la notó distinta, distante. Ella no pronunció palabra hasta que él preguntó.
 
 —¿Qué te pasa, Lu?
 
 —Nada.
 
 —Lu, ¿qué te pasa?
 
 —Está bien, Santi. Tenemos que hablar.
 
Frente a ella, no, pero sí lloró mientras pedaleaba con furia, y sus lágrimas se confundían con las gotas que empezaban a caer, y su llanto con los primeros truenos, a lo lejos.
 
Santiago no conocía otra manera de desahogarse que metiéndose en el mar con su tabla. Eso fue lo que hizo esa noche, a pesar de la tormenta; eso fue lo que cambió su historia y la de muchos, para siempre.
 
Llovía copiosamente, el cielo negro se partía en varios fragmentos cada vez que lo surcaba un rayo. “Ya no te amo —había dicho ella— ni imagino una vida juntos”. Otro rayo destrozando el firmamento.
 
A pesar de ser pleno enero, la noche y la tormenta habían vaciado la playa. Quizás algo tuvieran que ver los estudios recientes —pensó— que afirmaban que las aguas de Mar del Plata eran las más contaminadas del país; aunque, a decir verdad, la gente no solía prestarle atención a esas cosas, y él tampoco. Dejó las ojotas y la remera sobre la arena mojada y se zambulló. Las olas estaban bien, pero no podía disfrutarlas. No las esperaba; arremetía contra ellas.
 
Así estuvo, hasta llegar al borde de la extenuación. Pensó en salir del agua, a fin de cuentas al otro día tendría que volver a la fábrica, y el mar no le devolvería a Lucía. Fue entonces que oyó una explosión y todo se puso blanco.
 
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Abrió los ojos y solo vio oscuridad. Trató de hacer pie, de aferrarse a algo, y comprendió que se hallaba bajo el agua. Tenía que salir a la superficie, pero, ¿dónde mierda estaba la superficie? Había perdido todo sentido de orientación por —recordó— la explosión. ¿Lo había alcanzado un rayo? ¿Cómo carajo estaba vivo? Y, ¿no debería estar ahogándose? No tenía que perder más tiempo, así que postergó las especulaciones para más adelante y comenzó a nadar, según creía, hacia arriba. Pronto hubo algo de luz; no estaba tan lejos de su meta. Sacó la cabeza del agua y vio que se había alejado bastante de la costa. La noche persistía, pero la lluvia no.
 
Más rápido de lo que hubiese esperado se encontró sentado en la arena. Seguramente, había calculado mal la distancia. Se miró los brazos, el pecho, las piernas. Todo en su lugar, aunque la piel lucía extraña, si bien la escasa luz no era garantía de nada. ¿Pero cómo no sentía dolor? ¿Estaría en estado de shock? La cabeza sí, se le partía en mil pedazos. Necesitaba ayuda. Llegar hasta su casa le llevaría bastante tiempo, mucho más al hospital. Y plata para un taxi no tenía. Miró hacia la ciudad: estaba a pocas cuadras de lo de Lucía. No le agradaba mucho la idea de verla después de lo que había sucedido, pero no se le ocurrió nada mejor.
 
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—¿Quién es? —se oyó a través del portero eléctrico.
 
—Santiago, Lucía.

—¡Santi…! ¿Qué hacés acá?
 
—Sé que deber ser cualquier hora, Lu, discúlpame, pero tuve un accidente, estaba surfeando y creo que me cayó un rayo encima…
 
—¿Qué…? ¿Un rayo? —soltó una carcajada—. No me jodas, Santiago. Fui muy clara hoy.
 
—Pero no te miento. Sólo necesito que me lleves al hospital o que me llames un taxi, nada más.
 
—No puedo creer que caigas tan bajo. ¡Andate!
 
Se escuchó un clic.
 
—Lucía… ¡Lucía! ¡La puta madre!
 
Santiago apretó durante un largo minuto el timbre del departamento. No podía creer lo forra que se había vuelto Lucía. Cuando giró, convencido ya de caminar hasta el hospital, vio estacionado del otro lado de la calle un Toyota Etios azul; el auto de su amigo Matías.
 
—Hijos de puta…
 
Iba a tocar el timbre otra vez, hasta que recordó. Su mano derecha bajó el cierre del bolsillo de su malla y allí encontró un llavero con varias llaves, entre ellas la del hall de entrada y la del departamento de su ex. Entró al edificio. Uso el ascensor. Introdujo la llave en la puerta, la giró despacio, para no hacer ruido, y abrió.
 
Todo fue muy —demasiado— rápido, pero bastó. Lucía y Matías: dos cuerpos desnudos. Lucía enroscando con sus piernas la cintura de Matías. Matías cogiéndose a Lucía. Ella mordiéndose los labios y los ojos semiabiertos, cada vez más abiertos. Y gritando, no de placer. Matías pegando un salto para atrás. En ambos la cara desfigurada por el horror. Matías preguntando: “¿Santi?”. Y Lucía gritando, gritando, cada vez más fuerte, cada vez más agudo. Pero a Santiago ya no le importaba ni su exnovia, ni su examigo, ni los gritos, ni los cuerpos. Su mirada se había congelado en el espejo que estaba a su lado, en el pasillo, frente al perchero. Su mirada se había detenido en sí mismo; en su piel anaranjada, casi transparente; en su rostro transfigurado donde apenas podía adivinar sus facciones; en los cuernos o antenas que salían de su cabeza —y fue incapaz de percibir la ironía en ese instante— describiendo un par de bucles; en sus ojos negros, absolutamente negros, como vacíos. Y él también gritó. Y luego escuchó un disparo —¿de Matías, de alguno de los vecinos que habían salido de sus departamentos por lo gritos?— y se encontró huyendo, bajando las escaleras, partiendo a la mitad y como si nada la puerta del hall, corriendo hacia el mar —¿por qué al mar y no a otra parte?—, el sonido de las sirenas, sus pies furiosos rajando el cemento de la escollera, sus piernas tomando impulso en el borde, saltando como nunca lo había hecho, sumergiéndose en el negro mar, encontrando al fin un poco, tan solo un poco, de paz.