viernes, 24 de enero de 2014

Casi


Era de noche. Para colmo, estaba mirando la película de Bergman. La muerte apareció, de un momento a otro, y se interpuso entre mí y el televisor. Ya me sentía desfallecer.
 
—Debes acompañarme, Francisco Constantini —dijo, con su voz cavernosa.
 
Yo creí vislumbrar una luz de esperanza. Y no me equivoqué.
 
—Perdón —me animé a decir—, ¿cómo dijo que me llamo?
 
 Ella observó un papelito que tenía en la mano.
 
—Francisco Constantini —leyó.
 
Suspiré aliviado.
 
—Ah, no. Yo soy Costantini, sin “n” entre la “o” y la “s”.
 
Volvió a leer el papelito. Me miró, sonrojada.
 
—Cierto, disculpá la molestia.
 
—No es nada —dije—. Es un error que todos cometen.
 
Y se marchó, tal cual como había venido.

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